En el año de 1502, durante la conquista de América, un misionero español
visitaba una isla cercana a México cuando se encontró con tres sacerdotes
aztecas:
-¿Cómo rezan ustedes? –preguntó el cura.
-No tenemos más que una oración –respondió uno de los aztecas. –Decimos: “Oh
Dios mío, Tú eres tres y nosotros somos tres. Ten piedad de nosotros.”
-Es una oración muy bella, pero Dios no entiende estas palabras. Les voy a
enseñar una oración que Dios sí escucha –manifestó el misionero.
Antes de seguir su camino hizo que los indios aztecas
aprendiesen una oración católica.
El misionero evangelizó varios pueblos y cumplió su
misión con celo ejemplar. Después de mucho tiempo predicando la palabra de
la Iglesia en América le llegó el momento de regresar a España. En el camino
de vuelta pasó por la misma isla donde estuviera antes.
Cuando la carabela se aproximaba, el padre vio a los
tres sacerdotes aztecas caminando sobre las aguas y haciendo señas para que
la carabela se detuviese.
-¡Padre! ¡Padre! –gritaba uno de ellos. –¡Por favor,
vuelva a enseñarnos la oración que Dios escucha porque no la recordamos!
-No importa –respondió el misionero, al ver el
milagro. Y le pidió perdón a Dios por no haber comprendido que Él habla
todas las lenguas.