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A CIENCIA es la eterna interrogación de la naturaleza por el hombre. No comenzó con Aristóteles, por cierto, ni terminará cuando alguien elabore una “teoria unificada”. Aunque una teoría asuma la jerarquía de una “ley”, porque las concordancias no parecen dejar lugar a dudas, no es definitiva, sino que se halla a la espera de la próxima enmienda. Las leyes de gravitación de Newton permanecieron indiscutidas durante dos siglos, hasta que la conducta observada en el planeta Mercurio no se ajustó exactamente a ellas. Había una discrepancia que la teoría de la relatividad de Einstein ayudó a explicar y, en tal medida, las leyes tuvieron que ser modificadas. La ciencia, pues, es la verificación actual sin la certeza final.
La interrogación comenzó cuando nuestros antepasados superaron su asombro supersticioso y comenzaron a preguntar: ¿Por qué?. Y en la infancia de la humanidad no había ningún maestro que frenara esa curiosidad diciendo: “Usted no puede comprender eso hasta que no haya estudiado toda la cinética y la dinámica”. El hombre de épocas tempranas observaba un objeto o un suceso y tomaba nota mentalmente; así se convirtió en observador. Y volvía a observar, para estar seguro, así se convirtió en indagador. Especulaba acerca de por que’, por ejemplo, el Sol y los planetas parecen desplazarse de manera repetida contra el fondo del firmamento y con respecto a las estrellas; así se convirtió en teórico. Escudriñaba y volvía a escudriñar, sometiendo a prueba sus observaciones; así se convirtió en investigador. Luego comenzó a reunir sus ideas y relacionar lo que veía con otras formas de experiencias; así se convirtió en filósofo de la naturaleza. Intercambiaba sus observaciones y sus ideas con otros, quienes podrían aceptar los hechos (basados en sus experiencias), pero discutir su interpretación de los mismos. Así se desarrolló la dialéctica, el arte de razonar acerca de cuestiones de opinión y de discriminar la verdad del error. Este fue el comienzo del debate científico, que distingue el incremento de hallazgos experimentales de la hipótesis y teorías basadas en tales hallazgos.
Puesto que la ciencia no tiene un carácter autoritario ni defiende dogma alguno, es perfectamente respetable y hasta esencial para la dialéctica el que los participantes en el debate tengan en cualquier momento interpretaciones antagónicas de los elementos de juicio disponibles, con tal que sus protagonistas hagan lugar a los nuevos hechos a medida que vayan apareciendo. Y ellos surgen del debate mismo, porque éste plantea constantemente preguntas a las que los investigadores trataran de hallar respuestas.
“Dios es sutil -decía Einstein-, pero no malicioso”. O para decirlo de otra manera, la naturaleza se resiste a revelar sus complejos secretos, pero nunca miente. Si falta la respuesta, ello puede obedecer a que la pregunta no ha sido planteada de la manera correcta. Una vez hallada la pregunta correcta, apropiadamente formulada, con el tiempo la naturaleza daría la respuesta correcta. Por ejemplo, Ernest Rutherford, en una conferencia en la Royal Society en 1920, brindó pruebas de laboratorio de que la partícula de largo alcance que había liberado (1919) del átomo de nitrógeno mediante el bombardeo con partículas alfa era un protón -el núcleo del átomo de hidrógeno- y se hallaba presente en los núcleos de todos los átomos. Las reacciones observadas en el protón, que tenía una carga positiva, eran compatibles -decía- con la conclusión de que hay otra partícula sin carga eléctrica. ¿Existía tal partícula? En 1932, su colega en el Laboratorio Cavedish, James Chadvick, encontró la respuesta. Suministró pruebas experimentales de la existencia de la partícula predicha por Rutherford: el neutrón.
El enfoque de Rutherford fue siempre el de un científico experimental. Sostenía que las teorías eran herramientas útiles sólo en la medida en que explicaban hechos demostrados o datos que podían demostrarse de tal modo. El sugerir que el protón debía estar vinculado con otra partícula, lo que afirmaba, en efecto, era: “Tengo el tornillo. Buscadme la tuerca”.
En cambio, Dirac, el físico experimental, postuló en 1928 condiciones que no parecían tener sentido: los llamados estados negativos de energía. Su teoría iba más allá de los hechos conocidos y estimulaba la investigación para hallar nuevos datos (1932) halló pruebas de la existencia del positrón, un electrón de carga positiva, o sea un tipo de partícula contradictoria como las sugeridas por la teoría de Dirac.

El Ojo Externo y el Ojo Interno
Las palabras “ciencia” y “científico” se han convertido en términos sobrecargados de valoraciones porque se les ha dado un carácter arrogante (a menudo por obra de los mismo científicos), o chabacano (por una mendaz propaganda moderna), o mágico (porque su lenguaje se ha convertido en una especie de abracadabra para el lego). Cuando decimos que vivimos en “la Era Científica”, afirmamos por implicación que ha habido cierta discontinuidad en el espíritu humano de indagación; lo que queremos significar es que ha ocurrido un acrecentamiento de la investigación y se ha producido una aceleración en el ritmo de descubrimientos, que han confirmado o refutado teorías o han hecho progresar el conocimiento. Si nuestros medios de conocimiento nos brindan mayor precisión y seguridad, podemos adentrarnos más confiada y rápidamente en lo desconocido: podemos controlar nuestras especulaciones mediante la experimentación.
Este proceso está avanzando de prisa en la actualidad. La ciencia ha suministrado una información digna de confianza a la tecnología, y ésta le ha retribuido brindándole ingeniosos instrumentos de precisión. Los nuevos instrumentos han extendido el alcance de los sentido humanos y han brindado una velocidad de reacción y una exactitud que van más allá de las limitaciones humanas. La célula fotoeléctrica es incansable comparada con el ojo; el micrófono tiene mayor fidelidad de sonido que el oído; la película, la banda sonora y el vídeo tape tienen más retentiva que la memoria. Hay máquinas que son un millón de veces más sensibles que los terminales nerviosos mediante los cuales experimentamos sensaciones, y el computador, en sus cálculos y su asimilación y memoria de bits de información, puede superar a los procesos lógicos (a diferencia de los intuitivos) del cerebro humano.
La ciencia depende del poder de observación, y ésta supone el contacto con sucesos externos o fenómenos naturales a través de los sentidos. Cuando se considera la ciencia (como ocurría con los escolásticos) meramente como una cerebración o un proceso de pensamiento introspectivo, ella se estanca. Cesa de ser una fuente aprovisionada por las lluvias de la experiencia externa.
Por lo tanto, cuando hablamos de la “ciencia moderna” y la hacemos remontar Francis Bacon (1561-1626), todo lo que afirmamos es que este pensador liberó a la ciencia del oscurantismo es decir, de la cerebración sin imaginación, y reivindicó la importancia de la información sensorial. La época de Bacon fue la Edad del Ojo, que los hombres de ciencia compartieron con los artistas del Renacimiento. La encarnación suprema del hombre de ciencia y del artista fue Leonardo da Vinci, quien tenía tanto una visión exterior como una visión interior. Podía expresar lo que veía en colores y formas exquisita, o podía percibir relaciones que transfería a la mecánica, la arquitectura, la aerodinámica o la química. Sus observaciones abarcaban un extenso ámbito: la anatomía, la geología, la geografía y la botánica.
Tomado del libro: "El Hombre y el Cósmos" de Ritchie Calder, Monte Ávila Editores.
“Por Ciencia se entiende el sentido ilimitado del SABER”
Dr. Serge Raynaud de la Ferrière
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commentaire, suggestion ou contribution. Revisado: Saturday, 07 de September de 2002 . |