Sobre
el Significado
de "Parsifal"
y el Santo Graal
Por Richard Wagner

Richard Wagner
Carta escrita a Mathilde Wesendonck el 30-5-1859.
Me he dispuesto de nuevo desfavorablemente con respecto al poema
de “Parzival”. Considerando bien las cosas, tengo la convicción de que se trata
de un trabajo difícil en alto grado.
Amfortas es el centro sobre el que gira el asunto principal. Meditando sobre él,
se me hizo de pronto muy claro, cayendo en la cuenta que es semejante a mi
Tristán del tercer acto, pero con una progresión de intensidad no imaginada aún.
La herida ocasionada por la lanza y la otra que tortura su corazón, le causan
tales sufrimientos que sólo aspira a lograr la muerte. En vano ha esperado la
cura por medio de la adoración del Graal, mas el Graal
no sólo no remedia sus torturas, sino que las aumenta, porque la contemplación
le recuerda la inmortalidad.
A mi juicio el Graal es el cáliz de la
Cena, en el cual José de Arimatea recogió la sangre del Salvador crucificado.
¡Qué terrible significación adquiere así la situación de Amfortas con respecto a
ese cáliz milagroso!
El sufre una herida, ocasionada por la divina lanza en una
pecadora aventura y debe seguir consagrando la sangre que manó un día del
costado del Salvador al morir en la cruz, renunciando y sufriendo por la
salvación del mundo. ¡Qué abismo entre un sufrimiento y otro!
En éxtasis ante el maravilloso cáliz que enrojece con sublime y
dulce resplandor, Amfortas siente renovarse en él la vida y alejarse la muerte
anhelada. El vive y se reanima en su vitalidad, aunque la herida fatal le abrasa
más que nunca. La adoración misma se ha convertido en dolor. ¿Cómo lograr el
fin? ¿Cómo conseguir la liberación? En esa forma lleva sobre sí, como una carga,
los sufrimientos de la humanidad entera por toda una eternidad. Es por eso que
desea alejarse del Graal, desentenderse de él, en la
locura de su desesperación. El lo desea para poder morir, mas, ha sido elegido
para guardar el Gral. Y esta elección no la ha realizado un poder ciego, sino
que recayó en él porque era digno. Nadie como él, reconocía la fuerza milagrosa
del cáliz y su alma anhelaba como la de ninguna, contemplar el Graal,
que le sobrecogía de admiración, proporcionándole el poder de vivir, al mismo
tiempo que el sufrimiento eterno.
¿Deberé escribir todo esto y la música correspondiente? ¡Ah! no,
gracias. Que otro intente tal empresa. Yo no llevaré sobre mis espaldas carga
tan pesada.
Quien pueda realizarlo, lo hará seguramente al gusto de Wolfram
.
Es posible que pueda tener así alguna apariencias y hasta buena forma. Mas yo
tomo estos asuntos más en serio. Y os referiré cómo el amigo Wolfram lo realizó
a su manera, sin llegar a entender su verdadero sentido. El reúne un suceso con
otro, encadenando aventura tras aventura. Asocia al asunto del Graal,
hechos e imágenes curiosas y extravagantes, avanza por tanteos dejando a oscuras
a quien quiere profundizar. Si alguien tratara de interrogarle seguramente
hubiera contestado: “Si yo mismo no lo sé”. Se asemejaría a un sacerdote que
celebrara su cristianismo en el altar mayor sin saber de qué se trata. Wolfram
hizo su prematura aparición en una época bárbara y confusa, que oscilaba entre
las antiguas creencias y las nuevas. En esa época nada podía madurar; cuando el
poeta pretende ahondar se pierde en fantasmagorías desprovistas de sentido.
Yo estoy completamente de acuerdo con Federico el Grande que al
recibir la edición de Wolfram dijo al editor “que no debía importunarle con
semejantes futilidades”. Es cierto que para ello es necesario haber vivido el
verdadero sentido de la leyenda del Graal y estudiar
luego la forma como la concebía un poeta como Wolfram. Esto es lo que yo he
hecho hojeando vuestro libro, para llegar a indignarme de la incapacidad del
poeta (yo hice la misma experiencia con Godofredo de Strassburgo, para “Tristán”).
En todas las fuentes primitivas de la leyenda, el cáliz maravilloso es una
piedra preciosa, particularmente en las narraciones árabes de España.
Desgraciadamente hay que convenir que todas nuestras tradiciones
cristianas tienen un origen exótico derivado del paganismo. Los cristianos
supieron con gran sorpresa que los moros veneraban en la Kaaba de la Meca una
piedra milagrosa (un cuerpo solar, caldo del cielo, un meteorito). Las leyendas
de estos objetos misteriosos, fueron bien pronto interpretadas por los
cristianos a su manera, relacionándolas con el viejo relato extendido en la zona
meridional de Francia, según la cual, José de Arimatea había huido allí llevando
el sagrado cáliz de la Cena. Esta tradición concordaba perfectamente con el
entusiasmo por las reliquias de las primeras edades del cristianismo. Desde
entonces, la leyenda adquirió su significado. Yo admiro mucho este bello rasgo
de la tradición cristiana, de ideas así, el símbolo más hermoso de la esencia
representativa de una religión. ¡Quién no se encontraría invadido de los
sentimientos más intensos y sublimes, al conocer la existencia de ese cáliz, en
el cual el Salvador, bebió al despedirse de sus discípulos y en el que no sólo
se sentirá reconfortado sabiendo que él existía, sino que estaba destinado a que
los justos pudieran contemplarlo y adorarlo. Por eso, la leyenda de que el Graal
(corrupción de Sangre Real) sustentaba únicamente a los caballeros piadosos,
proporcionándoles bebida y alimento, es de una belleza incomparable, por el
doble significado que adquiere ese sublime receptáculo de ser, además del cáliz
de la Santa Cena, el emblema del sacramento más sublime del culto cristiano.
Todo esto resulta incomprensible para nuestro poeta, cuya
narración estaba influenciada por los mediocres romances de caballería franceses
que eran imitados servilmente. Saque Vd. ahora conclusiones para el resto. Tan
sólo existen algunas descripciones bellas, en las que sobresalen los poetas de
la Edad Media, y tan sólo allí se encuentra una atmósfera de contemplación bien
sentida. Pero el conjunto, a pesar de ello, es siempre confuso y estúpido.
¿Qué hacer ahora con Parzival? Porque Wolfram tampoco lo supo...
Su alejamiento de Dios es tonto y mal justificado y su
conversión satisface aún menos. La idea de la interrogación está presentada con
muy poco gusto y carece de significado. Aquí, yo tendría que inventar todo. Y
aún se presenta otra dificultad para Parzival; él resulta indispensable para
desempeñar el papel de redentor en la salvación anhelada por Amfortas. Pero si
el personaje de Amfortas es presentado bajo la nueva forma, adquiere un interés
trágico muy grande, hasta tal punto, que se vuelve imposible colocar a su lado
una segunda figura de interés principal. A pesar de ello debe encarnarla
Parzival, si no se quiere estar obligado a hacerle aparecer, exclusivamente en
la escena, como una especie de “deux ex machina” indiferente. De modo que es
necesario colocar en primer plano el desenvolvimiento de Parzival, su sublime
purificación, su espíritu predestinado por su naturaleza contemplativa y
profundamente compasiva. Y como no imagino un plan tan extenso como Wolfram,
debo concentrar todo en tres situaciones principales, de un contenido profundo,
de tal suerte, que el complejo personaje sea tratado clara y distintamente,
porque tal es la característica de mi arte. ¿Y yo emprenderé un trabajo
semejante? ¡Dios me guarde!
Por ahora renuncio a tan insensato proyecto. Que Geibel lo
versifique y que Liszt escriba la música. Cuando mi antigua amiga Brunilda se
precipite en el fuego, yo haré lo mismo, con la esperanza de un fin feliz. He
ahí todo y amén.
El Graal no me hará emprender un camino tan intrincado
.
Considere ésto como una conferencia para lo cual no ha
tenido necesidad de acercarse a la ciudad de Zurich.
(Traducción del Dr. Carlos J. Duverges (1897-1979) que se
halla en la introducción a su traducción del libreto de “Parsifal” ).
Ver el link de Wagner
|